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Maria Pilar Couceiro | Adversus non Aversus |06.02.2010| Siempre me han fascinado esos personajes laterales de cine, teatro, novela, que fuera de los dramatis personae son los que ponen en marcha un argumento y casi inmediatamente se evaporan. Los casos se acumulan: Lázaro de Tormes emprende su itinerario, y como consecuencia la novela completa, a partir de una decisión de Antona Pérez –su madre-, que pronuncia una única frase en todo el texto; al tan denostado por la crítica mozo de Don Quijote sólo se le menciona en las primeras líneas, pero gracias a él completamos la estampa doméstica del Caballero andante.
Qué decir de los más de cuatrocientos versos transcurridos en el Agamenón de Esquilo, antes de que Casandra –inmóvil en escena- lance su enorme grito porque, frente a los protagonistas de la tragedia, es ella la ha visto la muerte. Y aún más, sin Rosalina, la amada por un Romeo despechado e infantil, esa doncella levemente aludida que ni siquiera aparece en escena, nos hubiéramos quedado sin la tragedia probablemente más conocida de la historia de la literatura.
Sin llegar a tanto, lo cierto es que hay relatos de doble protagonismo que funcionan precisamente a través de esa duplicidad, pero la mayoría de las veces no hay equilibrio entre partes, puesto que lo frecuente es que se dé el juego protagonista-antagonista, generalmente instalado en la imagen de “el bueno” y “el malo”, con lo que la balanza suele caer a favor del héroe, por más que el antihéroe sustente el argumento a veces con mayor fuerza que aquél. Y lo mismo sucede en los relatos corales con “los buenos” y “los malos”, o derivando en toda la gama posible de contrarios: ricos/pobres; hombres/mujeres; asesinos/víctimas; nazis/aliados.
En el mundo del cine, y concretamente en el área de los galardones, esto está tan presente que la terminología no permite lugar a dudas: actor/actriz principal; actor/actriz secundario. Por cierto, que a esto hay que añadir el componente sexual, ya que una misma película sí puede recibir dos Óscar de interpretación principal o secundaria, siempre que se trate de hombre/mujer.
Y me pregunto, si se conceden Óscar póstumos y honoríficos, ¿no podría darse alguna vez la posibilidad de un ex aequo? ¿Por qué no un doble Óscar –o un triple-? Ejemplos de películas merecedoras los hay a montones, desde Zorba el griego (Michael Cacoyannis, 1964), con un inmenso Anthony Quinn pero con un no menos inmenso Alan Bates, hasta Chicago (Rob Marshall, 2002), en que la pregunta es por qué Catherine Zeta-Jones es denominada actriz de reparto, si el relato es un tandem con Renée Zellweger. O esa catedral cinematográfica sustentada por Bette Davis y Joan Crawford ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). La lista sería interminable y el resultado nulo. Y el caso es que hay un antecedente, ya que en 1928, es decir, el primer año de reparto de los Óscar, hubo uno compartido entre directores, Frank Borzage (drama) y Lewis Milestone (comedia), que dada la circunstancia, parece que se contempló la variante genérica drama/comedia, pero nunca más se repitió el caso.
Sólo he encontrado ejemplos de premio compartido en realización, dirección artística o algún otro caso dentro “de segundo nivel”, pero en “los grandes” (actor, actriz, director, película) da la sensación de que la doble vertiente se rechaza quizá porque deja el espectáculo deslucido, quizá porque el “monoteísmo” lidera en toda manifestación de masas. Todo lo anterior se hace extensible a otros galardones de prestigio, como los Globos de Oro, aunque en éstos hay dos excepciones. En 1949 fueron premiadas dos películas, El tesoro de Sierra Madre (director John Huston) y Belinda (director Jean Negulesco), y en 1989 se dio un caso de triple Globo de Oro femenino en las actrices Jodie Foster por Acusados, Shirley MacLaine por Madame Sousatzaka y Sigourney Weaver por Gorilas en la niebla.
En fin, todo lo anterior viene a cuenta de que, según los especialistas, el Óscar de este año al mejor actor se lo va a llevar de calle Morgan Freeman por Mandela.
... Pero a mí quien me parece vector de la película, el que sustenta el pretexto argumental, el que de verdad me ha maravillado es Matt Damon.
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