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Ángel García Galiano | 12.02.2010 | El condenado por desconfiado, Tirso de Molina Carlos Aladro, a pesar de su juventud, se ha atrevido ya con Lope, Shakespeare, Corneille… y hasta con Garcilaso, en aquel magnífico montaje sobre poemas del toledano que disfrutamos en su querida Abadía. Es uno de nuestros directores más sutiles, más avispados, que mejor encaran (sin miedo) el texto clásico más sagrado y le hace saltar chispas de perplejidad y oreos aromáticos de indiscutida grandeza, pues busca siempre el sesgo menos advertido o el escorzo de la paradoja para subrayar aquello que una tradición, abotargada por la costumbre, no sabe ver.
Su trabajo con los actores se basa en dos circunstancias externas muy evidentes: los movimientos en escena y el cuidado para decir el verso con sonora y absoluta claridad: para ello el actor tiene que saber en cada momento qué está diciendo. Se nota, mucho y para bien, ese trabajo previo de desmenuzar cada réplica, de interiorizar en carne propia cada monólogo.
Ahora, invitado por la CNTC, ha cogido por los cuernos a este morlaco teológico, este drama religioso y existencial, esta tragicomedia surreal y delirante en que Tirso de Molina echó su cuarto a espadas en la acre disputa teológica conocida como De auxiliis, que incendió las universidades en nuestro flamante y tridentino Siglo de Oro hasta que la bula del papa Clemente VIII con ese nombre frenó, para siempre, la disputa. El caso se las traía, y teólogos jesuitas, franciscanos y dominicos (fundamentalmente) se disputaban la supremacía teológica que osara desatar este nudo gordiano del dogma católico: si Dios es omnipotente, el hombre no es libre, si el hombre es libre, entonces Dios no es del todo omnipotente. Los dominicos dejaban poco lugar a la libertad del hombre, sometido a la gracia redentora, los jesuitas, con su casuística operativa y sinuosa intentaban salvar la libertad humana e intentaban huir del concepto protestante de predestinación. ¿Cuál es el papel que desempeña la gracia en la salvación humana?, ¿dónde queda su libertad para obrar y evitar la condenación?, etc. Problemas de un régimen periclitado, sustituido hoy por otro no menos bizantino, con sus falacias cientifistas y fés en el capital y el futuro -si se mira bien, no ha cambiado tanto la cosa-, que hoy podrían sonar desfasados si no fuera porque el arte dramático de Tirso eleva a categoría un problema moral que tiene que ver con el libre albedrío del ser humano. Vale decir, ¿el hombre actúa, cuando actúa, libremente, por propia voluntad, u obedece a unas fuerzas mecánicas que lo sobrepasan y es entonces, al acontecer la acción, cuando el ser humano se la apropia, calificando como buena a la que le reporta placer y mala a la que lo descontenta, atrapado, si así fuera, en una ordalía de culpa y proyección, de miedo y deseos, juguete al albur de determinaciones mecánicas universales (que desconoce en su pequeñez) con la creencia de ser el quien actúa.
Todo eso, simbólicamente evidenciado por el demonio, con sus alas negras, su pecho rojo, su cabeza de akelarre a lo macho cabrío, para sustanciar aún más si cabe la tragedia (tragós, en griego, la máscara de Dionisos, significaba eso, macho cabrío, aker en vascuence) teológica de la condición humana y la paradoja de condenarse por obsesionarse con su (egoísta) salvación, a poco que el Diablo te divierta con su paradoja: tu destino está ligado, le dice a Paulo, disfrazado de Ángel, con el de Enrico, si él se condena, tú también. Y en contrapunto impotente el Pastorcillo mendigo (excelente la actriz que lo encarna, Rebeca Hernando) que surca el soto y el ejido en pos de la oveja negra y descarriada. Inútilmente, por más que le dice, Paulo está poseído por su obsesión y su soberbia; en el fondo lo que le joroba es que un bandarra como Enrico se salve aun sin contrición (“para qué arrepentirme”, viene a decirnos, “si Dios es tan grande que ya sabe quién y cómo soy, lo dejo en sus manos”) y él, un asceta mortificado, ayuno y rezador, tenga que compartir gloria y delicias con “ése”.
La acción teatral, excelente en las transiciones, en el austero y funcional montaje, se sustenta en una serie de símbolos muy evidentes (las lámparas de luz), al igual que los colores, y en la estupenda construcción dramática que llevan a cabo la mayor parte de los actores: estupendo una vez más Arturo Querejeta, en su difícil papel de Pedrisco, contrapunto gracioso de Paulo, un notable Jaime Soler, al igual que Enrico, encarnado estupendamente por Daniel Albadalejo, dinámico y lleno de matices.
La música de arpa, en directo, algunas canciones en escena, el juego de luces, no por obvio menos elocuente y, sobre todo, un texto grandioso y complejo de nuestro extraordinario repertorio clásico (muy bien peinado por Yolanda Pallín) colocan al espectador moderno frente a una tesitura no solo teológica sino existencial, de la que salimos entusiasmados ante la inteligencia de tan estremecedora función. Al final, uno se vuelve a casa con la sospecha de que Tirso, al condenar a Paulo por su desconfianza, es decir, por su falta de fe, era más jansenista o protestante que tridentino. Y Carlos Aladro, con la higa final a Dios por parte del Demonio, le da una última vuelta de tuerca al texto que no sé si, en la vecina plaza donde posa su estatua, hace estremecer al fraile mercedario de su base. Juzguen ustedes y no se la pierdan.
Versión de Yolanda Pallín
Dirección de Carlos Aladro
Teatro Pavón, Compañía Nacional de Teatro Clásico
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