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Ángel García Galiano | 20.02.2010 | Futuros Difuntos, La Zaranda La muerte en el cedazo de la locura más de treinta años de acreditada solvencia, este “Teatro Inestable de Andalucía Baja”, como así se autodenomina, sube de nuevo a Madrid, tras aquel memorable Los Que Ríen Los Últimos, de hace un par de años, sobre la vida (y la muerte) de los cómicos de la legua, para proponernos este valleinclaniano título (que no espectáculo) de Futuros Difuntos en el que unos internos de un manicomio pugnan desordenadamente por reorganizar sus vidas tras la defunción del director de la institución y en ausencia, por tanto, de autoridad.
Si el teatro es eso que sucede dentro de la conciencia y que luego se expone fuera gracias a unos actores que encarnan nuestras pasiones en escena generando la purificación o catarsis, La Zaranda encarna a la perfección, como nadie en España, ese difícil arte de componer con cuerpo y palabra, con utensilios y luces, las sutilezas más infranqueables del espíritu.
Con un manicomio como trasunto del cosmos, de la sociedad, imago vitae, o acaso, de nuestra propia mente: ese batiburrillo de pensamientos en cada uno tira para su lado y, como decía Gurdieff, el señor del castillo está ausente y no ha parecido, si quiera, un mayoral que ponga orden en la sala, estos tres locos (como en el poema de Lorca, Malestar y noche: “Tres borrachos eternizan/ sus gestos de vino y luto”) juegan a ser los dueños de su propio destino y, como en la Nave de los locos de El Bosco (pasada por el cedazo cóncavo de la Calle del gato de un grabado de Goya), representan su carácter en una farsa tragicómica que va tejiendo infaustamente su destino hasta que dichas todas las palabras, agotados todos los gestos, representadas todas las muecas, solo les quede el silencio.
Si Dios no existe, todo está permitido, le argüía Iván a su hermano Alexis Karamazov; pero para empezar no se oye ni se ve, ni sabemos conectar nuestras querencias hacia un lugar común, ni siquiera si hay que esperar o tomar el mando en plaza, ni cuáles son las opciones, si alguna, que tiene nuestro libre albedrío, si acaso existe, antes de una previa comprensión del universo. “Conócete a ti mismo”, dice Sófocles, “sí, pero, ¿cómo?”, responde La Zaranda. Y mientras tanto, esta trinidad de cuerpos, silencios, arpegios, gruñidos y frases becketianas con acento de Jerez componen un brillante repertorio de imágenes durante un tour de force (verbal, gestual y corporal de casi hora y media) del que el espectador sale agotado y agradecido, agotado por la intensidad plástica y conceptual del mensaje que van tejiendo esos cuerpos, agradecido ante la magia del teatro que se vuelve a encarnar, otra vez, en escena, una escena más que nunca espejo cóncavo de nuestra propia conciencia.
Los locos y su manicomio permanecerán en Madrid hasta finales de febrero, luego cruzarán el Atlántico para hacer felices y remover las conciencias de quienes tanto les admiran. No lo dejen para cuando ya no tenga remedio. La muerte es eso que nunca está aquí, ahora, siempre es futuro. Y el verdadero teatro, literalmente inconcebible (como eso que no se sabe y que es) solo es aquí y ahora. Esa es su magia. Ese su secreto.
Autor: Eusebio Calonge
Dirección: Paco de la Zaranda
Teatro Español - Madrid
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