| Alejandro Gándara |
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CARÁCTER Y DESTINO | ÁNGEL GARCÍA GALIANO | 05.02.2009 Sin salirse del perímetro del barrio castizo, a veces lóbrego, a veces poblachón, a trancos insólito, deambulando por sus calles, poco a poco comprendemos la angustia del protagonista al saber que apenas si le queda dinero para darle de comer a su hijo ese día, dispuesto a “abandonarlo” con su madre y temiendo un horizonte de desvalimiento y mendicidad la novela se acompasa perfectamente medida entre las conversaciones o pequeñas luchas con el hijo, los vaivenes del padre por el barrio, sus recuerdos de un pasado más inventado que real (pero qué pasado no es una construcción, un invento causal hacia atrás para poder justificar el presente). A este respecto, la prolepsis imaginativa (elaborada mediante una serie de diálogos extraordinarios) con el constructor de Pan Bendito y el encuentro con su amigo gay compañero de seminario, su mejor y único amigo, son una luz de alarma hacia el lector para que no acabe de creer todo lo que se le está relatando, al menos como justificación del momento actual. Un ejemplo, los dos vicios de Ángel, el alcohol y el tabaco son, a este respecto, significativos: antes bebía, dice, y mi mujer quizá me dejó por eso, pero el único alimento que vemos que ingiere en todo el libro su protagonista, es decir, a lo largo del día de hoy, es coñac. La novela termina con un sueño, una vida alternativa, y con un referente mítico en las baleares, donde al fin todo sería posible pero sin el hijo. Una magnífica novela, ya lo he dicho, sobre la paternidad, sobre la soledad, sobre la degeneración de quién de súbito pierde amarras y tarda en darse cuenta que boga a la deriva, perdido en un mundo ni hostil ni ajeno, sordomudo, sin cordón umbilical salvo el de los recuerdos, unas memorias, necesarias para apuntalarse en el presente fugitivo, pero que. Al cabo, descubrimos como elusivas, evanescentes, directamente ficticias : cuando no se sabe a dónde se va el viaje se hace larguísimo y lleno de peligros, dice en un momento dado esta voz impecable que describe el barrio, transcribe los diálogos y abre su alma a pensamientos, anhelos y miedos. Con un finísimo sentido del humor, marca de la casa, ese humor cáustico, inteligente, diríase escandinavo, Gándara va describiendo la tragedia del derrumbe de este padre con una tamizada melancolía, con una prosa seca y notarial pero, a la vez, infundiendo a todo el relato ese deslizamiento hacia el horror que a veces, casi imperceptiblemente, se tiñe de rasgos oníricos. Con una precisión léxica en las descripciones de lo germinativo, de lo floreal, sobre todo, pero no solo, la novela es también un canto de amor al desconchado y mestizo barrio de Latina, a sus bares, sus esquinas, chaflanes, buhardillas, balconadas, parterres, jardines, plazoletas, ventanales, aguaduchos, colmados, mercados (antiguos y modernos: magnífica la escena de los percebes en la cola de la pescadería, como ejemplo de construcción de un personaje, para analizarse en cualquier escuela de letras o taller literario), figones y viandantes de toda laya y condición, desde los albañiles polacos, al señorito echado a perder y acodado en la barra del bar. El leit motiv más inquietante que organiza la novela de este día de hoy, el primero o el último en una lucha desolada entre el carácter y el destino, se organiza, como apunté arriba, en torno a las visiones de los mendigos con los que el protagonista (poco a poco, a medida que avanza el día vamos sabiendo por qué) se identifica de una manera más que inquietante. En un cierto momento, a mitad de la tarde, cuando ya no le queda, literalmente, un céntimo en el monedero, mientras busca a su perro Jefe, al que ha sacado a pasear, ve a un grupo de sin techo y dice: “Quizá sientan lo mismo quienes viven aquí. Quizá yo estoy viviendo aquí y lo entiendo. Ya ha ocurrido todo. Y yo soy uno que se atusa el pelo en el reflejo del charco.” Es muy bello ver cómo Goro, el hijo, intuye todo lo que le pasa al padre y, en un momento determinado, le ayuda a no tomar una decisión y posponerla un día más en que como este, se apunta el verano, pero aún no hace calor asfixiante y es un gusto recorrer las esquinas perdidas de la infancia, el instituto, el viaducto, el seminario y sentir que (y así termina la novela) “puedo caminar sin ellas {sin las piernas}. Aunque me he dado cuenta de que eso es posible porque Goro me lleva de la mano, me está llevando de la mano”. Y termino, lo más asombroso de la ya amplia narrativa de Gándara es que, en cada nueva entrega, él lector nunca sabe lo que se va a encontrar, un autor arriesgado, seguro de su oficio pero capaz de explorar en cada texto nuevos horizontes de sentido, un novelista férreo, contundente, que huye de la brillantez, de los “altos vuelos”, que nunca busca seducir al lector con tramas o prosas sonajero, sino con la buena artesanía de sus relatos. Lo común a todos ellos, acaso, el espesor de la soledad, el derrumbe del sin sentido vital y la extraordinaria factura narrativa de todas sus novelas. Háganme caso y no se pierdan El día de hoy. A lo mejor dentro de poco celebramos un “día de Santiesteban”, cada cinco de junio, paseando por los figones de La Latina y entramos en ese bar gallego, algo caro, de la esquina con la plaza del Alamillo, a tomar albariño y percebes, aunque sólo sea para brindar por él, que no los cató. Igual sigue acodada en la barra, esperando infinitamente, Bai Yu. Ángel García Galiano |


