| Las obras maestras prevalecen |
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La historia se desarrolla en un pueblecito, que ni siquiera es cabeza de partido, del occidente siciliano. Es, pues, una historia local. Pero con la sombra de Roma añadiendo oscuridad a los hechos. Es muy sencilla, más incluso, que la de Giorgio Rocellla. Un anodino y oscuro farmacéutico siciliano, que parece se casó con una mujer fea pero heredera, recibe un anónimo amenazándole de muerte: Esta carta es tu condena a muerte, morirás por lo que has hecho. Y los hechos se desencadenan. Hasta ese momento el farmacéutico es un individuo normal, sin ambición. No se le conocen deslices extraños ni posiciones radicales en ningún sentido. Solo se sabe, porque lo saben todos los del pueblo, que es cazador y que suele ser acompañado en sus correrías con los perros por otro cazador, el médico Roscio, buena persona como él y, como él, oscuro participante en esta comedia humana donde la hipocresía es el escaparate que esconde los más ambiciosos deseos. Una mañana de caza, en la que la pareja formada por médico y el farmacéutico no han dicho a donde van, puesto que los cazadores se engañan entre sí y engañan a los demás con el fin de capturar más piezas que los otros, no vuelven por su pie. La carta amenazadora ha cumplido su misión. Para todas y todos los del pueblo el médico ha muerto por culpa del farmacéutico. Y la locura se dispara. Donde antes se había visto a un buen farmacéutico, ahora se ponía a alguien que algo habría hecho. Donde antes era todo bondad, ahora se hablaba de engaños. Donde había habido amor y fidelidad, ahora se veían cuernos y estupros… El pueblo entero despelleja a Manno, el farmacéutico porque Roscio, el médico, había muerto por su causa. Pero en la tertulia que se formaba por las tardes a la puerta de la farmacia, a la que acudían, entre otros, el notario Luigi Corvaia y el abogado Rosello, tertulia que continuaba en el Casino, solía ir el profesor Paolo Laurana. Profesor honrado, a decir de los demás, pero del que nos enteraremos, ya tarde, de que vive en las nubes, de que no es un siciliano al uso. Se empeña, el profesor, en descubrir la verdad, no con el ánimo de ponerla en conocimiento de la policía, no. Con el fin de satisfacer su curiosidad intelectual, pero también con la fiebre el deseo clandestino acompañando a sus sesudas investigaciones. Y eso, en Sicilia, puede llegar a ser muy peligroso. No el deseo no confesado, sino los descubrimientos a donde nos puede llevar la fiebre. Por las páginas de este pequeño libro –no llegan a ciento cuarenta-, vemos pasar las grandes calamidades, los magnos deseos, los silencios frustrados… Vemos pasar la vida y la muerte de un pueblo sometido al engaño, que vive instalado en la hipocresía, en el acomodaticio “no hay nada que hacer”. Una historia local que se transforma en universal de la mano de Leonardo Sciascia. Una historia en la que nos tropezamos con personajes humanos, cotidianos, inmortales. Y lo son, no por lo que ellos viven, sino por como lo vivimos los lectores dirigidos por ese narrador universal que es el autor. Pero no para ahí la creatividad. No. Cuando se lee a Sciascia se aprende también literatura. Pocas veces se nos dan a conocer reflexiones sobre autores de manera tan cotidiana, loca y profunda como en ese café Romaris, donde bajo la sobra de Pirandello, tres locos que solo esperan la muerte, discuten sobre Voltaire y sus Cartas de amor. Es para la antología del ensayo literario. Y todavía hay más. Referencias a Camus, a Graham Greene, a Virgilio, a Manzoni, de este último nos habla un cura párroco. Otro personaje extraordinario de esta extraordinaria historia: el cura de la parroquia de Santa Ana que es capaz de responder con un oh, sí, en algunas cosas. Quizás en demasiadas, para los tiempos que corren, a la afirmación de que no cree en nada dirigida por Laurana. Párroco que sabe dónde está situado todo el mundo e intenta enseñar al profesor que mejor es no meterse en la vida de los demás. Las obras de Sciascia, como apunta el título de este comentario y niega el recordatorio de L’Observatore Romano, prevalecen porque son obras maestras, clásicas. Son fuente de inspiración para otros autores. De sobra sabemos, porque él mismo lo ha dicho muchas veces, que el maestro, en el amplio sentido de la palabra –además lo fue durante un tiempo-, ha sido el padre literario de Camilleri. Es verdad que Montalbano es más listo que Laurana, y que sabe vivir mejor que el profesor, pero ambos saben llegar a la gente. Saben comunicarnos las costumbres, la vida, la hipocresía social de esta Sicilia que sufre en silencio. A imitación de Unamuno, a Sciascia le dolía Sicilia. Y no es para menos. SCIASCIA, LEONARDO: A cada cual lo suyo. Traducción Esther Benítez. Editorial Alianza, Colección Libro de Bolsillo, núm. 1592. Madrid, 1992. 133 páginas. ISBN: 84-206-0592-1. |
Enrique Bienzobas | Territorio negro | 18. 01. 2010 | A cada cual lo suyo. 

