| Encuentro de Descartes con Pascal joven de Jean-Claude Brisville |
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EL FOSO | FERNANDO ANGEL MORENO | 03.02.2009 Creo que le he convencido de que vaya a ver Encuentro de Descartes con Pascal joven. Será una lástima que se pierda, es cierto, la escenografía. Más de uno podría decirme que tampoco es que haya mucho que ver: un banco de madera, dos mesas, un candil y tres sillas, una de ellas para acomodo de una pila de escritos, pues, aunque apenas vayan a usarse, el cuarto de Descartes estaría vacío sin ellos.
Yo ya le he explicado a mi amigo qué se pierde con esa escenografía. Flotats buscó, por ejemplo, durante un año quién le hiciera las sillas de modo que reproducieran las de la época. Es decir, pese a la sobriedad del escenario, los mínimos elementos presentes deben dar la sensación de esa conversación transcurre de verdad en pleno siglo XVII. Claro, mi amigo me ha preguntado: «Si a ti siempre te ha traído al fresco la verosimilitud histórica en el arte, ¿qué más te da que esas sillas sean tan exactas?». Entonces, viendo que mi amigo intentaba tocarme un poco las narices, he empleado las palabras del propio director, quien cuenta al respecto que pretendía ser absolutamente fiel a la época. Lo mismo ha ocurrido con los trajes, diseñados por el propio Flotats. De ahí la sobriedad, pero también la exactitud del mobiliario, como indicación de que nos encontramos ante un mensaje imperecedero que enlaza a todos los hombres, sin avance, pero con la permanente brillantez -época tras época- de nuestra pequeña mente en busca, siempre en busca, de enormes aspiraciones esenciales sin avance, sin avance, como si fueran aspiraciones propias de cualquier sociedad. «¡Es que lo son!», me ha dicho él. «Si no, ¿para qué cojones estudiamos filosofía?». Cuando se pone así de lógico, prefiero cambiar de tercio, así que le comenté que la obra reflejaba bien el pensamiento de estos dos autores: para Descartes, ser ciudadano es ser filósofo y su filosofía representa un fin en sí misma, mientras que para Pascal ser filósofo es trascender y superar el horror de la muerte. «Pero esas no son exactamente sus ideas filosóficas.» Y entonces, ante su impertinencia, yo le he explicado que ideas y carácter y tiempo existencial han sido herramientas a partes iguales para la construcción de los personajes: dudas, pasión, pero también matemáticas y metafísica. «¿Y va de eso?», me preguntó. «Bueno», dije yo, «en realidad, el mcguffin es un rollo burocrático, una firma de un papel en un manifiesto». Así que me ha preguntado qué era un mcguffin a lo que he respondido que una excusa argumental. «Ah.» Hubo un momento de silencio. Echó un sorbo de su cocacola. «Una firma no es una excusa.» «Bueno, no.» «Puede ser muy importante.» «Eso dicen ellos.» «¿Quiénes?» «Los personajes.» «Ah.» «Joder, tío», me enfadé yo. «Es una mera tontería para poder expresar todos esos sentimientos y todas esas actitudes.» «Me llama la atención ese comentario en ti, si me lo permites, habiendo estudiado lingüística», me recriminó muy calmado. «Una firma de un manifiesto es poner tu nombre en una idea y esa idea a partir de ahí queda como tuya ante todos y para todo. Una firma en un papel contiene en sí misma la trascendencia y los principios de un ser humano. La integridad está ahí. El nombre, la palabra, la firma es en sí una acción. En estos tiempos en que en España, tantas personas, a quien quiera que escuches, en realidad, se vanagloria de que no es honesto en su trabajo o en sus deberes como ciudadano, en estos tiempos de falta de ciudadanía debería la gente plantearse bien lo que me cuentas de esta obra.» Como vi que no se podía razonar con él, volví a explicarle que lo que se perdería serían pocas cosas, pues lo importante era el texto filosófico, el contenido. Con lo que me preguntó si el público parecía satisfecho, si lo seguía bien. «Yo no vi a nadie molesto, parecía un completo éxito.» «¡Qué raro, ¿no?!» Le expliqué que -aunque durante toda la obra los personajes apenas se levantaban de la mesa- la contención en la expresividad de sus cuerpos, los mínimos gestos de las manos introducían el tono adecuado, un nuevo subtexto con el que acompañar las ideas más complejas, como hacemos en realidad los profesores. «Vamos, que no es sólo el texto, como dices. Me voy a perder la mitad.» Ahí me quedé sin palabras. Lamentaría que fuera y no importara que se perdiera ese pequeño encogimiento de hombro de Descartes, apenas perceptible, con el que desmontaba la trascendencia de un argumento de Pascal o ese momento en que vimos llorar al mismo Pascal ante los derroteros de la discusión. En este sentido, Albert Triola, de quien había leído críticas no muy convincentes, me había asombrado por la disciplina con que exigía a su expresión corporal explotar sin histrionismo, configurar todo su discurso sin quitarle protagonismo a las palabras, ser Pascal con el cuerpo tanto como con la voz. Había sido el suyo un trabajo minucioso y en perfecta sincronía con su interlocutor. Y, en fin, al menos de Triola intuiría el movimiento de sus pasiones desatadas, de su dolor. De Flotats se perdería casi todo, pues su trabajo consiste en mostrar aquel hombre de vida intensa que ya ha conocido su propia juventud y no precisa más que de su propia calma y contención -traducida en pequeñas y calculadas respuestas corporales al texto- para llevar la discusión con el genio aún no domado de Pascal. «¿Qué me queda entonces», me preguntó. «No sé si me merece la pena, la verdad.» Yo no sabía bien qué decirle, cómo convencerle, cómo explicarle que lo importante eran las palabras, aunque él insistiera en que las palabras sin su entorno quedaban reducidas a una fría lectura de un texto. ¡Yo debía convencerle, convencerle, porque aquella obra hablaba de ideas, por fin, de ideas, de encuentro, de distancia, de enfrentamiento, de verdades complementarias e irreconciliables, de desencuentro, debía convencerle, de que era el momento de acudir al teatro, tras tantas obras teatrales vacías, de mensajes insulsos pretendidamente profundos pero casi adolescentes! ¡Debía convencerle de que aquella obra hablaba del amor apasionado: de la exaltación y la impotencia de dos personas que se admiraban mutuamente y deseaban que cada uno pensara como el otro, pero cuyos principios existenciales lo impedían! Le expliqué entonces que lo más importante de aquella representación ¡no había estado en las sillas, ni en el maldito vestuario ni en la puñetera técnica de actores de experiencia más que certificada y ahora demostrada! ¡Estaba en las palabras y en sus voces, sus voces! ¡Y que le dieran por culo a Artaud! «¿No lo entiendes? Sus voces, como dice Flotats, eran como música. Se aceleraban según el tema, se callaban, se elevaban o se susurraban, como si toda aquella discusión por sí misma, sin pretenderlo, se convirtiera en un edificio de música construido sobre los cimientos de un texto, con la armazón y el ritmo y las claves de sus voces -lo más importante de todo- y ya terminado de adornar con todo lo demás. En realidad lo que ha hecho Flotats ha sido cubrir la estructura narrativa y discursiva del texto con la estructura musical de los tonos y tempos de las voces de los actores, como quien al cocinar sabe elegir los ingredientes, calcular la medida y los tiempos, sazonar una de por sí sabrosa receta.» «Eso lo entiendo sin necesidad de que te flipes. Tranquilidad, por favor.» «¡Estoy tranquilo!», le dije con la mayor calma que pude reunir. Si estaba nervioso era porque él me ponía nervioso al no querer entender que yo ya no le hablaba de teatro ni de formas ni de experimentación, sino de unas ideas y unos personajes y ya estaba. Él era profesor de Metafísica, por Dios, ¿cómo podía no escucharme? «Es que no pones de tu parte para entenderlo.» «Consideras que hay suficiente ya sólo con las voces y con lo que se dice para disfrutar la obra.» «No me des la razón como a los tontos.» «No, en serio, te entiendo. Sólo que no entiendo, si es como dices, cómo al público español le puede interesar algo así, tan grave, tan serio…» «Respetemos al público, démosle inteligencia, pues son inteligentes.» «No, Flotats hace parecer inteligente al público.» «No, Fer, no. No niego el trabajo que me cuentas, pero no eleves tanto, por favor.» Entonces mi amigo intentó hacerme comprender que me entendía. Concluyó que lo que yo había presenciado había sido en sí el mismísimo juego filosófico en la propia escena, el del ágora, el de la correspondencia entre personas de mentes impresionantes, pero también disponible para todo el que lo busque, el juego intelectual incluso entre la elite culta, que tanto se ha perdido hoy como mecanismo filosófico y como actividad a desear. Que era el sano debate -quizás no tan sano en la obra- de quienes indagan y quieren saber y se preguntan y luchan consigo mismos y con su pensamiento, actividad que surge tantas noches como la de estos hombres, rodeando dos vasos y una botella de vino ante una mesa de buena madera. A lo cual, entusiasmado, respondí: «Como nosotros, como tanta gente, día a día, como desearían muchos otros si se atrevieran a ello o tuvieran la ocasión.» «Sí, Fer, sí, la ocasión, el momento, es decir, el espacio, la hora justa, con el vino y la mesa apropiados.» «¡Eso es!» «Y eso es lo que tú viste. Tú, que en otras ocasiones tanto me defiendes a ese… Como se llame. El que odia las palabras.» «Artaud.» «Ese.» Bebió otro sorbo y dijo: «Pero, por lo que veo, todo estaba construido para que ese fuera ese momento, esas palabras, que no serían las mismas en otro ambiente, con otros actores, aunque parecieran las mismas. No hay razón para pensar la tontería de que el hecho de que se escriban igual sean las mismas palabras. Es toda esa construcción lo que importa y eso yo no podré verlo.» «No lo has entendido.» «Sí, y además estamos de acuerdo.» «No, no lo estamos.» «Lo estamos y creo que me pierdo demasiado.» «¿Irás?» «Lo pensaré.» Así que, como empecé diciendo, creo que no estamos de acuerdo, que no entiende de teatro y que vuelve a demostrarse que los críticos tenemos las cosas más claras que el público prejuicioso. Pero irá; no sé por qué, si no me entendió, pero irá. Debe ir. Es lo que importa. Dirección de Josep María Flotats Representación del 29 de enero de 2009 Comentarios
AD-HOC De Antonio martin Tu amigo, no se si ira a ver la función, yo fijo. De Adriana Loebe Permítame el formato. Aspiro a ser guionista. INT.NOCHE.SALON. JUAN.- ¿Vas a salir? RUIDO DE PUERTA QUE SE CIERRA JUAN.- Estos chicos de ahora..lo saben todo...filosofos de los cojones.
Muchas gracias por los comentarios. Esto sé que difiere mucho de la crítica periodística. Seguramente porque no soy periodista. Por todo ello,considero Gracias de nuevo por las críticas a mi crítica, sean desde el acuerdo o desde el desacuerdo, pero siempre desde la búsqueda del enriquecimiento mutuo, como las que aquí he leído. Fernando Ángel Moreno |