| Un concierto de rock |
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EL FOSO | FERNANDO ÁNGEL MORENO | 02.11.2008 Todo en aquel escenario fue rock. No se trató de un homenaje ni de un revival nostálgico ni de una nueva adaptación de artistas que vuelven por dinero. Fue todo un concierto de rock con identidad propia. Durante las dos horas y veinte que duró, pudimos escuchar reverberaciones de muchas líneas y estilos, las cuales demuestran varias virtudes fundamentales: la erudición de sus tres protagonistas, que el rock se autorreferencia en una síntesis que sólo da buenos resultados cuando se realiza a favor del tema, que las innovaciones de los sesenta y parte de los setenta siguen ahí para quien quiera aprovecharlos. De todo ello, la síntesis me parece lo más importante. Si el rock surgió de una fusión entre R&B, blues, jazz y country, Queen+Paul Rodgers lo fundieron con rock sinfónico, heavy metal y pop para conseguir un sonido que posee personalidad propia y que poco recuerda a la limpieza de los últimos discos de la banda. En este sentido, Rodgers ha aportado a Queen la dureza y la contundencia, mientras que Queen ha aportado a Paul Rodgers una nueva experimentalidad -del gusto del antiguo componente de Bad company-, un mayor juego de posibilidades de ritmo y una de las mayores versatilidades que existen y que es una de sus señas de identidad. Por momentos, recordé a Pink Floyd, a Led Zeppelin, a AC/DC… Pero en ningún momento dejó de mantener una etiqueta propia: un grupo cerrado, sólido, a pesar del esfuerzo por recordar las poderosas individualidades, pues ¿quién fue el protagonista de esa noche? Brian May se hacía con el público cada vez que redefinía conceptos con sus solos de guitarra. Sólo por escucharle, verle, entender su manera de enfocar la relación con el público -fue maestro de ceremonias humilde, cercano, tranquilo, pero con enorme fuerza, como sus guitarras- mereció la pena asistir. Su momento culminante fue ese «Love of my life»: una extensión vocal de los sentimientos enlazados y contradictorios que suele extraer de la guitarra. Roger Taylor demostró por qué es uno de los mejores baterías de la historia del rock y cómo podría haber sido sin problemas la voz solista -desgarrada, poderosa- de la nueva banda. Fue un regalo que montara su batería en medio del público. Sus virtuosismos satisficieron a un público que le venera. Roger Taylor estuvo más grande que nunca y fruto de su sentido del espectáculo fue la manera en que comenzó con un sencillo ritmo sobre los platillos y fueron montándole alrededor la batería mientras iba aumentando las posibilidades de ritmos, las cadencias, las luchas entre gravedades en medio de una jam session hasta volver loco a todo el recinto. Paul Rodgers demostró porque se trata de una leyenda. Pese a parecer fatigado en alguno de los primeros temas, se fue creciendo hasta hacerse con el público al final del concierto. Es de esas voces que saben qué quieren: llevan las canciones a su terreno sin complejos, y este terreno es el del rock más puro, el menos melódico, el más atento al ritmo y al protagonismo de la letra. Fue una verdadera lástima que el público no se entregara más donde mayor fuerza tuvo: las canciones de su propia trayectoria y los nuevos temas. Se salvó el reconocimiento con un «All right now» magistral, que confirmó lo anunciado con los «Hammer to fall», «Fat bottomed girls», «Tie your mother down» y un soberbio «Crazy little thing called love» -la adaptación más genuina que he escuchado de este tema-, precisamente algunos de los temas más roqueros de Queen. Yo, personalmente, no le obligaría a pelear con «The show must go on», con quien no pudo tampoco Elton John y que parece una canción que sólo se ajusta al anterior cantante de la ahora banda de Rodgers. No quiero dejar de recordar los nuevos temas: «Say it's not true» o «C-Lebrity», magníficos, o la excelente versión de 39, en varios estilos, presentados con el sano sentido del humor de May.
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