| Brutalidad celeste |
|
El conjunto de sus escritos no forma una obra de madurez, ya que Pedro Casariego jamás quiso dejar tras de sí una producción de tales características. Le interesaba, más bien, el artista interior, en bruto, el hombre, así como mantenerse firme en aquello que está en el origen, en un principio prolífico anterior a la cultura humana, con su autocomplacencia y su vana erudición: la ignorancia sabia, la brutalidad celeste, única herencia de Dios y aquello que nos hace semejantes a él. Su poética, expuesta en su Manifiesto, recogido en la antología de prosas Verdades a medias, era simple, y brutal. “¿Qué edad teníais al nacer?” “Convirtámonos en hombres, aunque sea para desaparecer: os propongo entonar conmigo, sin mí y en silencio, el primer y último canto, el canto de la digna y mortal soberbia”. “Solo debéis reclamar aquello que ya tenéis, pues jamás ha sido vuestro. ¡No exijáis estrellas! ¡Exigid vuestra piel y vuestros ojos, la flor que no habéis pisado, el pájaro que todavía vuela!” “Desangraos en la construcción de un caballero interior afín a la gloria y al vacío…” Espacios interiores “El aire del que mira hacia dentro” era para Baudelaire uno de los aires mágicos, de los estados del alma apropiados para crear la Belleza en un texto. Así, la introversión de Casariego alcanza su más bella expresión en la creación de atmósferas y de los espacios donde suceden sus obras. En la pieza teatral La cicatriz, género para el que demostró también un especial talento, nos encontramos en la celda de un condenado a muerte, un hombre joven, no muy bien afeitado y nervioso. No sabe por quién o porqué ha sido condenado. Su rostro parece menos amenazante de lo que él desea ser. Los guardianes intentan hacerle su condena más soportable: le ponen visillos en los barrotes, atrapan para él un pájaro silencioso al que cuelgan en una jaula azul y le permiten leer tan solo libros complicados. Sin embargo, hablan en un lenguaje distinto al del condenado. En los diálogos de esta pieza de teatro lírica se escenifica el conflicto entre el mundo imaginario y el mundo real, entre el lenguaje poético y el social. El Distrito de la Luz Roja es el escenario de La risa de Dios (“poema lírico de un mundo fantástico”). Este barrio marginal, de piratas, gasolina y bailarinas de pies de gasa, es el lugar de las intrigas de Markowitz (el camarero en cuyo pecho/ alguien tatuó/ 12 fragatas/ 6 de las cuales/ navegan aún) y la femme fatale Nadezhda Zelova, obligados a ocultarse tras el asesinato de Stirling en un cuarto oscuro y luminoso, lleno de telarañas, sospechas, manchas de tinta espías y unicornios mudos que guerrean entre sí. En La voz de Mallick (“poema lírico de los desesperados”), el autor –que no es, advierte, el verdadero autor– transcribe la voz de un hombre, Mallick, monje-basurero contemplativo, hablando solo desde una celda azul (“El color azul fue y es mi única excusa, mi primera y única coartada”, dirá Casariego en su manifiesto poético) en Ookunohari, la ciudad de los esclavos negros. En DRA, su última obra y probablemente la mejor de ellas, Casariego nos sitúa en otro espacio imposible. El octavo piso de un edificio de seis plantas, infestado de cráneos de gorrión, loros muertos y alambradas de ortigas, es el delicadísimo pabellón del brutal Paivarinta, héroe mítico, semental impúdico, maloliente y divino, patriarca de suntuosa barba en cuya canción, como en su peculiar vivienda, cabe un mundo entero. Estos libros, publicados junto a otros en las recopilaciones: Poemas encadenados, editada por Seix Barral y Verdades a medias, por Espasa Calpe, son realmente un desafío para cualquier hábito lector que pretenda cultivarse con ellas, ya que su lectura no nos hará más listos, ni más buenos, ni más sensibles. Pero poco importa. Las obras que resisten el paso del tiempo no son las que añaden sino las que restan, aquellas que, sin buscarlo, logran mermar el mundo conocido por el lector y despertar en él la pulsión original de la inteligencia y su fragilidad; también a las que, como a las de Casariego, hay que acceder ya mermado para conseguir ver algo con claridad, aquellas a las que debemos acudir iluminados, en libertad, es decir, libres de nosotros mismos, y dialogar en serio, como si en ello nos fuese la vida. |



