| Viaje a la transparencia |
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AMENAZAS LITERARIAS | ISABEL GONZALEZ GIL | 02.03.2009 Nelly Sachs, Viaje a la transparencia. Obra poética completa. Madrid, Trotta, 2009.Antes de pasar a comentar el contenido del libro, me gustaría hacer un par de apuntes sobre la edición, la cual, como es habitual en el catálogo de poesía de Trotta (pues en el de ensayo en ocasiones el cuerpo de texto resulta un poco monolítico), une calidad y rigor a un diseño armonioso y pulcro, un conjunto, en fin, en el que todas las elecciones parecen ser acertadas: el prólogo y la traducción, hechos por el también poeta José Luis Reina Palazón, traductor entre otros de Paul Celan, Georg Trakl, Rainer Maria Rilke o Marina Tsvetaeva, y Premio Nacional en 2007 por toda su obra como traductor; la cuidada disposición de la página, el color azul-cielo-de-tarde-de-verano de la portada –el cual me recuerda cada vez que lo observo la “mirada azul del más allá” de la que habla Nelly Sachs en su interior, con la que “veía ciega”–, el texto bilingüe, etc. Atravesando el dolor En Viaje a la transparencia asistimos a la plenitud del universo de dolor que ya se vislumbraba en sus cartas. Sachs, al igual que Celan, era judía alemana y vivía en Berlín cuando empezó la persecución del nazismo. A pesar de no haber tenido nunca la experiencia directa de un campo de exterminio nazi gracias al exilio en Estocolmo, tanto su vida –en las últimas décadas tuvo que ser internada en repetidas ocasiones en clínicas psiquiátricas– como su poesía quedaron afectadas para siempre por los terribles acontecimientos de tal manera que esta no puede entenderse más que en su condición de víctima del Holocausto, pues con ellas compartió algo más que el daño por la persecución y el sacrificio organizado, compartía un mismo espacio lingüístico: el silencio, domicilio de las víctimas. La tradición bíblica y la mística judía, sobre todo el jasidismo de Baal Sem Tob –aquel en cuyas miradas “Dios no se rompe”– le sirven a Sachs para la configuración de un universo simbólico que actualiza las imágenes más poderosas del judaísmo dándoles una dimensión universal. Su “encendido reino del silencio” –que ella misma nombrará–, es un espacio de anhelo y transformación, de transcendencia. Así le explica a Paul Celan en una de sus cartas: “Hay y había, y con cada respiración está en mí, la fe en el «atravesar el dolor», en el traspasar el polvo hasta hacerlo alma, como una actividad para la cual hemos venido aquí. Creo en un universo invisible, donde dibujamos nuestro oscuro quehacer. Siento la energía de la luz que hace abrirse en música a la piedra y sufro en la punta de la nostalgia que nos toca de muerte desde el mismísimo principio y que nos empuja a salir fuera, allí donde la inseguridad empieza su labor de nostalgia”. El viaje por los nueve poemarios que componen la obra poética de Nelly Sachs –con títulos a cada cual más significativos: En las moradas de la muerte, Eclipse estelar, Nadie sabe, Fuga y transfiguración, Viaje a la transparencia, Aún celebra la muerte a la vida, Enigmas incandescentes, La buscadora, Divídete noche– se configura como un camino de retorno que el polvo emprende hacia el más allá –un otro mundo presente y entrevisto ya en el nuestro- por el anhelo de su origen luminoso. "Hacia donde oh hacia donde Este camino de vuelta se lleva a cabo, como vimos antes, atravesando el dolor. Es la muerte la que enseña. No hay nada que transforme tanto a un ser humano y su comprensión de la realidad como la experiencia de un sufrimiento irreparable. Para Nelly Sachs, el mundo desconocido penetra a través de la herida abierta en el presente, la cual quiebra el sentido histórico del tiempo y hace que este se sumerja en lo oscuro, en la oscuridad que proviene de la clarividencia, de la excesiva visión. “Donde ella está Alef El viaje comienza en Las moradas de la muerte situando al lector en su umbral mediante una imagen absorbente y turbadora: las chimeneas del exterminio. Como tantas veces ocurre en sus poemas, es mediante un objeto cotidiano y aparentemente trivial como es expresado todo el horror de la tragedia. El uso de la sinécdoque en Sachs, más allá de su función retórica y emotiva, revela una concepción mística del universo. Para los cabalistas, como señala Reina Palazón en el prólogo al libro, allí donde tú estás están presentes todos los mundos. Los objetos, los elementos o las partes del cuerpo –a las que dedica Sachs tantos poemas–, contienen en sí todo posible hecho pasado y futuro siendo elevados a una dimensión simbólica que no les abstrae de su entidad participante de un entramado histórico y vital. Encontramos en su obra –sobre todo en sus primeros poemarios– numerosos ejemplos de esta conciencia cósmica que funciona mediante la superposición, la yuxtaposición o la convergencia de imágenes alejadas en el tiempo en un mismo motivo: “¿Quién sin embargo vació la arena de vuestros zapatos Oh vosotros dedos Las manos de Nelly Sachs Además de esta arena que los condenados a muerte llevan en sus zapatos, símbolo del exilio judío, es singularísima la centralidad que obtienen en su obra las partes del organismo humano. Los versos de Sachs están repletos de manos, de pies, de ojos. A través de ellas no palpa, camina u observa un individuo concreto –pues esta dimensión se ha tornado irrelevante en una tragedia que la excedía en mucho– sino todo el pueblo judío, en tanto que representación de la humanidad sufriente– o ese otro colectivo letal que fueron y son los destructores del hombre. Cada una de esas manos, ojos o pies, multitudinarios y siempre únicos, es un núcleo con infinitas reminiscencias en las que lo trascendente se encarna tornándose visible. Unas veces es la voz de los objetos mismos la que toma la palabra y otras son el interlocutor con el que se dialoga, como en el magnífico poema dedicado a las manos de los torturadores alemanes, en el que tras una acusación primera (“Manos/ de los jardineros de la muerte/vosotras que de la camomila de la cuna Muerte,/ que sobre los duros pastos crece/ o en la pendiente,/ habéis cultivado el monstruo de vuestro oficio./ Manos/ violentando el tabernáculo del cuerpo […]”, esas manos son interrogadas hasta extraer de ellas el signo último y definitivo, su antagonista, en la más inocente y pura imagen posible: “Manos,/ ¿qué hicisteis vosotras,/cuando erais las manos de niños pequeños?/ ¿Sostuvisteis una armónica, las crines/ de un caballo de balancín, agarrasteis la falda de la madre en lo oscuro/ señalasteis una palabra en el libro infantil -?/ ¿Era ésta tal vez Dios u Hombre?” Estas manos serán más adelante el motivo central de la carta de auxilio que Paul Celan le dirigirá a Nelly Sachs en una de sus épocas más oscuras, tras haber sido ingresada repetidas veces en sanatorios, “¡Tienes tus manos, tienes las manos de tus poemas, tienes las manos de Gudrun - ¡toma, por favor, también las nuestras! ¡Toma todo lo que es mano y auxilia – y que quisiera seguir siendo mano y auxilio a través de ti, a través de tu existencia, a través de tu ser-ahí, de tu ser-contigo y tu ser-contigo-en-libertad, toma todo ello, te lo ruego, y haz que exista a través de este ser-posible hoy-y-mañana-y-largamente-hacia-ti”. Manos que sin duda se tornarán visibles para el lector que decida emprender este viaje hacia la transparencia (dios, la transparencia) del ser en fuga de la muerte, auxiliado por la palabra siempre luminosa y enigmática de Nelly Sachs. Manos con las que termino ahora esta crítica. Pocos poetas son capaces como ella de restituirnos. |