| Un baile de máscaras |
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Y YO CON UN VIOLIN | JESÚS URCELOY | 15.10.2008 | Ya se había caído la casa varias veces con anterioridad. Pero cuando Beethoven estrenó la Séptima fue el acabose. Años después, cuando Listz escuchó por primera vez esa sinfonía, en un rapto de exaltación dijo “Es la sinfonía del Hombre”. También añadió, un poco más tarde, al escucharla no sé si por segunda o decimocuarta vez, que era la apoteosis de la danza. Y para la memoria de todos los amantes de la música ha quedado más la segunda afirmación que la primera.
El primer movimiento es pura exaltación, puro ritmo, y el segundo y el cuarto no le van a la zaga. Pero el segundo fue el causante de aquel colosal derrumbe. Por aquella época los conciertos no eran como los de ahora, tan descafeinaditos y tan estupendos. Por entonces la gente entraba al concierto a sabiendas de que la cosa iba a durar entre sus cuatro y seis horas. Se tocaban piezas populares, valses, polcas; se hacían comedietas donde la música alternaba con el verso y, claro, hacia la mitad, un compositor vivo aprovechaba para estrenar un par de sinfonías... Como ven, entretenidito. |


