Noviembre de David Mamet

Y YO CON UN VIOLIN | JESUS URCELOY | 02.02.2009
Coincidí con Fernando el día que vimos la obra y coincido en sus reflexiones acerca de obra y autor. Por lo tanto pasaré a vuelapluma sobre tan exactas consideraciones y transitaré sobre la futilidad del arte escénico y los logros y/o defectos de producción y actores, pues –y no sirve de comparación- algún Hamlet he visto que, gracias a la habilidad de escenógrafos y actores, más parecía un vodevil que un drama. Y algo precisamente de vodevil, de desmesura tiene la representación. Ya lo veremos. Seré breve. La escena única de los cuatro actos es el famoso Salón Oval de la Casa Blanca. Bien construído, resulta amplio y hasta acogedor, aunque colocar en una esquina, sobre una mesita un teléfono -bastante importante a efectos de trama- obliga a los actores a darse un pequeño paseo que se acelera cuando la acción parece precipitarse, supongo pensado este efecto para que el espectador siempre tenga una visión clara del conjunto, pero que en el juego produce cierta frialdad. Los ventanales siempre dan una luz mortecina de cielo oscuro, la luz en la sala proviene de un siempre imaginario techo. Correcto, en todo caso.

La obra se desarrolla en cuatro actos sin descanso, (los periódicos avisan que hay un intermedio, pero yo no lo vi, por más que lo busqué), en puro crescendo. Los tres primeros, sobre todo el que abre, son la verdadera piedra de toque de la obra. Es donde se la juegan actores y director. Es donde la credibilidad de los personajes toma su asiento. Tal vez por eso no hay descanso –que se agradecería-, ya que el nivel de agitación y burla, posiblemente resultara interrumpido. Y tiene algo de cobardía. Ahí es donde una buena obra se la juega.

Santiago Ramos está espléndido en su papel y lo sabe, y eso es lo malo, pues cuando Santiago nota el calorcillo del público riente, se crece en sus guiños y aspavientos y se pasa mucho, se excede, se zambulle en la charca. Deja de parecer un presidente americano para convertirse en un presidente de comunidad de vecinos, que es un papel que siempre le vino, al bueno de Santiago, como anillo al dedo. Su físico, su voz, tan particulares, le delatan. Pese a todo, se mueve, sube, grita, musita, rueda y ejerce su labor de mequetrefe con la desfachatez del que se sabe sobrado. Lástima de ese cuarto acto desbaratado y loco, que consigue -y de eso el culpable es Mamet- que la obra pase del salón Oval al despacho de un alcalde de provincias, pasando por un camarote de los Marx lleno de huecos. De comedia a vodevil, sin paliativos, sin concesiones.

El resto del elenco hace un papel secundario, con pequeños aportes y pequeños guiños. Y no lo hacen nada mal. Están en su sitio, ocupan sus marcas y ejercen su trabajo en la densidad de sus alocuciones. Bien, sin excesos, con algunos momentos de pura carcajada y otros de seriedad en el discurso que nunca llega a cuajar, tal vez por haberle dado al protagonista tanto, tanto, tanto papel.

El público –que no es exigente y si lo es se le olvida pronto- se lo pasa en grande, tal vez por ese antiamericanismo en potencia o de facto que tenemos los madrileños y los españoles en general. Se deja llevar, se ríe, disfruta aunque –y no creo que sea la sospecha de sólo este pobrecito hablador- el fantasma de Paco Martínez Soria parezca adivinarse entre bambalinas. Eso sí, la última frase es de órdago a la grande, y ha de recordarnos, más que a nadie, a los dos presidentes más teatrales de toda nuestra democracia.

Noviembre de David Mamet