| Nosotros, de Eugene Zamiatin |
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JESÚS URCELOY | Y yo con un violín |12.01. 2010 | Algunos libros imprescindibles. Nosotros, de Eugene Zamiatin. El problema, en su cualidad empírica, tiene su explicación en que –salvados sean todos los parsecs- en este país siempre hemos tenido muy claro que la ciencia es una cosa y la literatura, otra. Y hasta vamos a tener razón. Si tuviéramos que hacer una lista de los diez mejores libros de este género del pasado siglo XX, es más que probable que Nosotros, de Eugenio Zamiatin, no apareciese. Siquiera si aumentásemos la cifra a cincuenta libros. Y tal vez, ya puestos a elegir cien, ocupase un discretísimo lugar entre los últimos. Y sin embargo es una novela fundamental. De las que no deben faltar en biblioteca alguna. Su falta no debería atribuirse a la calidad de la novela, sino a la del público entrevistado. Si la encuesta se hiciese entre amantes y entendidos, entre verdaderos lectores de estos libros, estoy convencido que surgiría como destacado entre los diez primeros. Nos encontramos por lo tanto ante una novela “de culto”, de esas que tienden a sobrepasar los límites que las concilian y pasan a ingresar el índice de la Literatura sin más, de los clásicos. En este apartado de la novela “de culto” el leiv-motiv es la toma de conciencia y si la acción transcurre en nuestro planeta Tierra en un futuro casi siempre próximo, miel sobre hojuelas. Aunque la definición pueda ser parcial o complementaria, este tipo de novela se adscribe al término “distopía”, en contraposición a la “utopía”, que tiende –aunque no sea exactamente su patente de corso- por ríos sosegados y deltas felices. De sobra es sabido que las novelas de “anticipación” suelen ser un vehículo donde el escritor vierte su acerada visión del presente, su crítica a los sistemas políticos, su parcial compromiso ético y moral con su tiempo sin las cortapisas de la realidad presente, de manera que durante toda la historia, este mal llamado subgénero ha sido el principal bastión de lucha contra la censura: enmascaramiento del que no es ajeno clásico alguno, de ellos el más famoso acaso el ingenioso cervantino. Hablar de Zamiatin es hablar de compromiso. Eugenio fue un escritor ruso, ferviente seguidor de Lenin y uno de los revolucionarios destacados de aquellos días que cambiaron al mundo. Sin embargo el desencanto posterior a la revolución, que no fue ajeno a otros muchos intelectuales, le llevó al exilio personal. Aquella revolución tan necesaria se vio convertida, con el paso de los años, en un régimen dictatorial que –como mater amantísima- regía no sólo los destinos, sino los comportamientos particulares de los individuos, llegando hasta a tomar la vida de la persona a su antojo en beneficio de la supuesta “masa popular”. De tal manera que el ser particular, el sujeto del yo, pasaba a un segundo plano. Eugenio Zamiatin nació en un pueblito llamado Lebedian, cerca de Tambov, en 1884 y murió en París, en el exilio, en 1937. Fue uno de los escritores más brillantes de su generación. Se dio a conocer con la publicación de una novela antimilitarista, en plena Primera Guerra Mundial, titulada En el quinto infierno, que fue censurada por las autoridades zaristas. Esta dura experiencia le llevó a un particular exilio editorial, entre Gran Bretaña y Francia, donde publicaría el resto de su literatura, ya que tras la revolución de 1917 sus intereses literarios chocarían también con el estado leninista. En 1918 y 1921, publicaría los libros de relatos Los insulares y El pescador de hombres respectivamente, y en 1920 su obra maestra, Nosotros, que fue automáticamente prohibida en Rusia hasta 1988. Nosotros configura el esquema narrativo particular de la distopía... El protagonista –el ingeniero D-503- aparece como un personaje sujeto a las estrictas reglas del sistema, que al principio sigue casi con un obsceno placer, pero según avanza el libro (y al mismo tiempo su experiencia vital, que refleja en un diario que escribe a escondidas), se va dando cuenta de las constantes grietas de su sociedad- y acaba sospechando que el camino, aunque deba derivar en el fracaso, no es sino la lucha intelectual o, en su defecto, el combate frontal y armado. La descripción de la vida diaria resulta estremecedora hasta hoy en día, y nos recuerda que la ficción muchas veces tristemente imita a la realidad. D-503 trabaja en la construcción de una nave espacial poderosa, que pretende llevar a los confines del sistema planetario el eficaz modelo de sociedad en que participa. Como tal, el diario –al principio casi un panegírico- que está escribiendo, piensa adjuntarlo a la biblioteca de la nave. Sabemos que existe un Estado Único, dirigido por una misteriosa e inaccesible figura, el Bienhechor. Sabemos que los individuos se vigilan unos a otros y pueden delatarse al menor descuido: las paredes de las casas son transparentes, los niños nacen en factorías, el sexo está supervisado por los comisarios de cada barriada, que permite uniones según el distintivo de cada tarjeta de identidad personal. Sabemos que, a la hora de comer, se debe masticar un mínimo de quince veces cada bocado de alimento. Sabemos que, en definitiva, el concepto del “yo” ha sido integrado en el plural “nosotros”. Sin embargo -¡Pobre D-503!- esta maquinal -pero alabada por él mismo- existencia se ve alterada cuando conoce a una extraña mujer que le abrirá ciertas vías de conocimiento insospechadas y peligrosas. Nada que, por otra parte no interfiera con el territorio común del eterno femenino. Recuerdo momentos de auténtico placer y de auténtico terror en algunos pasajes de algunos libros imprescindibles. La angustia melancólica del protagonista de El mundo interior de Silverberg al contemplar el espacio nocturno sitiado de “torres-ciudad”, la inmarcesible tristeza de los ojos de la viuda del doctor Hataway ante el mar muerto en las Crónicas Marcianas de Bradbury, el comprensible desconcierto del psicólogo del Solaris de Lem al encontrase en el lecho junto a su amada fallecida años atrás.... Pero también –acaso de una manera recurrente- la soledad vigilada del pobre ingeniero D-503 escribiendo a escondidas un minúsculo diario o su angustia inexplicable cuando visita un museo donde se contempla una pieza extraordinaria del pasado: un sencillo hogar contemporáneo al tiempo nuestro de hoy en día. Recuerdo que Borges –a propósito del citado libro de Bradbury- sospechaba que en este volumen, en el que religión y ciencia se confunden, se hallan todos los terrores del género humano, y al mismo tiempo su propio terror de persona individual y única. Yo, al recordar la peripecia del individuo D-503, sospecho que lo peor no es saber qué nos deparará el futuro, sino cómo éste tendrá que ir sucediendo. |