| "Fuga real" |
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ADVERSUS NON AVERSUS | MARIA PILAR COUCEIRO |13.04.2009 Verdades como puños es lo primero que se le arroja al espectador en Fugadas, la obra de Pierre Palmade y Christophe Duthuron, en adaptación de Yolanda García Serrano, basada en la traducción de Fernando Ariño y dirigida por Tamzin Towsend. No sé, tal vez demasiados tamices; tal vez demasiado respeto sucesivo por parte de los responsables de la versión final, tal vez demasiado esfuerzo por llegarle al espectador medio, el caso es que la obra se queda, a mi juicio, en meras verdades, olvidando las verosimilitudes obligadas en un texto, después de todo, literario. Y no es que se soslaye el intento: hay una serie de guiños lingüísticos, desde luego no muy originales, que determinan acciones; la trama argumental está bien resuelta; el antefinal es coherente -sólo el final intenta echar a volar, aunque se queda artificialmente trunco-, pero en el grueso de la obra se reitera en una sucesión de "sketchs" tan forzados que a fuerza de verdades caen constantemente en la inverosimilitud. Además, la obra se presenta como novedad, lo que los cinéfilos habrán reconocido inmediatamente como inexacto, ya que hay una película argentina, Cleopatra (2003), construida también alrededor de dos mujeres "en ruta", también fugadas, también con el handicap de la edad disímil como punto de contraste, pero esta película, de Silvina Chague, sí que resulta verosímil -y no tan verdadera como Fugadas-, a lo que hay que añadir que la veta humorística cuaja enseguida en la película, mientras que en la comedia se queda en esforzados intentos que rara vez se cierran con enjundia. Verdad es, desde luego -y triste verdad-, que una anciana "estorbe" y sea relegada por su propia familia a un asilo (frente al eufemístico Residencia, Carmen (Galiana) dixit), cuando aún está en condiciones vitales excelentes; triste verdad es que una mujer de edad "mediana" (¡por Dios, 40 juveniles años!) sea consciente de no haberse pertenecido nunca a sí misma por llevar toda su vida al servicio de otros; verdad es que la soledad -como la política- hace extraños "compañeros de cama", en este caso, "de ruta". A partir de estas verdades, la obra es una sucesión de escenas previsibles, prosaicas, enmarcadas por argumentos cotidianos y lo que es peor, profundamente estáticas, en contra de su propio punto de partida, el movimiento. El colmo de la inverosimilitud, textual y escenográfico, la recogida de las dos mujeres por parte de sus familias. Salvando todo esto, un notable trabajo del tandem de actrices que van creciéndose en cada nueva situación: magnífica María Galiana, sobre todo en la escena de nostalgias musicales, cuando las compañeras de ruta ejercen de "okupas"; espléndida Rosario Pardo en un crescendo sensitivo que desemboca en la transformación final del "amadecasa-gusano" a "viajeradelmundo-mariposa". La mejor escena, la del cementerio. La muerte siempre deja las cosas en su sitio y es allí donde las protagonistas, por primera vez desesperanzadas por la evidencia, se hacen verdaderamente conscientes de que su vida anterior y su hasta entonces inestable decisión no tiene vuelta atrás. Por eso celebran el ágape sobre la lápida de la amiga muerta -el vivo, al bollo-, con una aceptación de su propia muerte social, según su trayectoria previa, y sus nuevas perspectivas que, en la escena de "okupas" tendrán su consecuencia -esta vez sí-, verosímil. Una Fuga Real, obligada en sus esquemas, sin demasiada posibilidad de Fuga Tonal, que encauzaría el difícil paso a otro tipo de vida por los caminos más libres de la fantasía. |


