| Federico García Mozart |
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MARIA PILAR COUCEIRO | Adversus non Aversus | 22.12.2009|“Los restos de Federico García Lorca no están en la fosa”.(Noticia de Agencia) Y llega entonces la segunda parte, de la mano de historiadores, periodistas, biógrafos, forenses, analistas de la sociología. Y llega la indiferencia de la familia o su protagonismo determinante. Y la procesión post mortem de rapaces tratando de repartirse el muerto que nada puede repartir porque no hay muerto. Y se invocan memorias-desmemorias, y se celebran exequias a destiempo, y se cuecen leyendas acerca de vidas y muertes posibles, panegíricas unas veces, detractoras las más, indemostrables siempre. No son los únicos. El músico, el poeta –eran tan jóvenes-, siguen una larga catenaria de rastros materiales perdidos; la voracidad necrófaga exige, sin embargo, demasiadas tumbas imposibles: desde la de aquel primer poeta ciego hasta la de millones de Soldados Desconocidos , pasando por la de Buda, la de Mahoma, la del mismísimo Cristo. Quedará el intento de sucedáneos físicos en forma de estatuas, monolitos, placas, discursos, congresos…. Y quién sabe, en algún momento la recuperación de un ADN, por medio de tecnologías inmediatas o todavía lejanas en el tiempo, resultado que desencadenará, de nuevo, la larga procesión de revisiones, reelaboraciones, hipótesis. La mayoría de las veces enfrentadas a la otra consecuencia: el legado. Ellos, los acariciados por los dioses con vientos de inmortalidad, no tenían tiempo de pensar en legados materiales y mucho menos, en despojos. Su trayectoria iba mucho más allá; vivían instalados en esa sed de trascendencia a la que dieron forma desde su imaginación creadora, desde el genio químicamente puro. ¿Acaso hubieran deseado reducir su proyección eterna a un espacio físico limitado? ¿A dos metros cuadrados de tierra cainita? Ellos, los excelsos, necesitaban todo el planeta y aun más allá, exigían llenar de palabras y sonidos la posibilidad infinita del cosmos, adonde, aún imperceptibles, van llegando pequeñas alforjas de vestigios terrestres, nutridas de sonidos y palabras, enviadas en naves sin fronteras que en algún pársec futuro retumbarán en inimaginables galaxias. Wolfgang Amadeus no tiene sepultura; Federico no tiene sepultura. ¡Eran tan jóvenes! La cal, la tierra, el paso del tiempo disemina sus átomos por el espacio, ese lugar universal que buscaban, que necesitaban, que exigían…, y que ahora poseen. Que ya poseen, paradójicamente, más allá de cicateros sepulcros, porque los dioses, cuando nació el músico, cuando nació el poeta, habían tocado sus frentes con aliento inmortal.
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