Villancicos & Christmas Carol

MARIA PILAR COUCEIRO Adversus non Aversus | 06.01.2010|
Hay que partir de la base inexcusable de que el Folklore popular en su sentido prístino esta completamente perdido. Queda, naturalmente, la  vía  de la investigación, el buen   -o mal- hacer de grupos musicales o cantores individuales que rememoran la tradición desde el soporte sonoro, pero el “trabajo de campo” ya no es posible, después de sesenta años de vigencia de los medios de comunicación de masas, desaparecida ya la última generación de conservadores de la transmisión oral, puesto que en la década de los 40-50, la radio ya imponía sus mensajes unitarios.  De ahí en adelante, la televisión se extiende borrando fronteras hasta llegar a nuestra conjunción informativa actual, de la mano de la cibernética.

Con la era del reinado del mensaje publicitario, y en el caso de las fiestas de Navidad, concretamente en España, el recado musical de    corte pseudo-folklórico se fundamenta, desde el punto de vista musical, en los inexactamente llamados Villancicos.

Desde hace casi tres siglos, en la sociedad española se relaciona el término villancico con canto de Navidad, pero no es ése su origen, para el que hemos de remontarnos al siglo XV castellano, donde encontramos una enorme riqueza de esta canciones profanas, herederas del zéjel árabe, en la poesía cancioneril, siguiendo esta nomenclatura, villancico, a la circunstancia derivada de sus orígenes populares como canción de villano, es decir, habitante de una Villa, en contraposición a la música culta, propia de la nobleza.

No pretenden estas reflexiones bucear demasiado en datos históricos sino que de lo que se trata es de observar la incidencia de ese mensaje musical y sus cauces durante las fiestas de Navidad que, en los últimos años, se superponen al tradicional “mes de los muertos”, de manera que a mediados de noviembre ya está en la calle desde el turrón hasta el cordero pesebril. Todo ello aderezado con fondos musicales pretendidamente amables en su presentación pero absolutamente abyectos en su fondo: calles, restaurantes, tiendas, grandes almacenes desgranan una ristra de villancicos cortados por el mismo patrón, acompañados de distintos soportes aporreados que se instalan en el más feroz binarismo (pom, pom-pom-pom,); a puro alarido de voces reales de niños zangolotinos o de frecuencias manipuladas acústicamente de sopranos y terrores (perdón, tenores), en cualquier caso, con el mismo resultado destemplado, estridente, desafinado, antimusical que engancha las corcheas en los oídos como si fueran piercings. El resultado inmediato es la carencia del buen gusto, la desaparición de toda solemnidad o, yendo más allá, el borrado de cualquier atisbo de misticismo al que podrían asociarse las conmemoraciones navideñas (independientemente de creencias o no-creencias), lo que recala en la imposibilidad de pensar de manera sosegada y, consecuentemente, sobre todo en el caso de las grandes superficies comerciales, abalanzarse a la compra compulsiva, que es, en definitiva, el objetivo. 

Frente a esto, en el mundo anglosajón se mantiene mucho más purista la tradición del Christmas Carol, el canto de Navidad arrastrado de la secular vigencia del Coral en las manifestaciones de la Iglesia Reformada, de características polifónicas, por más que la melodía principal se superponga en el oído; de manifestaciones a capella sin soporte instrumental; revestidos de una solemnidad que no entorpece el mensaje optimista de las fiestas pero que le añade una franja de prestigio musical ya perdida para los villancicos católicos. Claro que las variantes latinas no han tenido el menor reparo en reconvertir hermosísimas melodías corales en adaptaciones patateras acomodadas al pom, pom-pom-pom, pero la versión secular se mantiene en una amplia geografía europea y americana, tanto en las iglesias como en los conciertos, ampliándose también a espacios laicos, mientras que, exceptuando algún intento heroico por parte de músicos cultos, es imposible revestir de solemnidad y no digamos, de referencias místicas un Hacia Belén va una burra, rin, rin.

Desembocando en la causa, y retomando el fondo de la Historia, resulta paradójico que después de cuatro siglos y medio desde la Contrarreforma, que borraba de un plumazo toda una andadura de evolución musical –no iniciada precisamente en vías profanas, sino dentro de la propia Iglesia-, para contrarrestar la incidencia de la tradición popular de los Corales luteranos, y que tan importantes consecuencias tuvo en la evolución posterior musical de los países católicos (Decreto de Pío V, 1570, Quo primum tempore) siga vigente hoy para desembocar en consecuencias de mero mercantilismo. Claro que es mucho pedir que la música pudiera desmarcarse del cúmulo de despropósitos que acompañan la Navidad española, empezando por el horror vacui de calles, escaparates o balcones, y desembocando en la ruina de los bolsillos, a no ser que la otra gran manifestación musical de las fechas, el canto de la Lotería, haya favorecido a los afortunados poseedores de un billete premiado.

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